Desde que comenzó la pandemia de coronavirus, solo en Madrid han muerto más de 8.000 personas en geriátricos, casi 20.000 lo han hecho en todo el país. La situación en estos centros, como la de otros centros de servicios sociales con carácter residencial, ha sido devastadora. Un trabajador cuenta en una recopilación de relatos personales que ha publicado El País cómo es el día a día en un espacio de cuidados sin descanso.

«Llegas por la mañana a la residencia, rezas por que hoy sea ese buen día que tanto estamos esperando. Acudes a la planta y observas que casi todos los trabajadores son nuevos y no hay organización», comienza el texto esta persona, de la que se desconoce el nombre.

Entre desayunos y medicamentos para los residentes, «acudes a una habitación y encuentras que una mujer ha fallecido y nadie se ha dado cuenta. El equipo sanitario acude tarde porque solo hay una enfermera, ya que su compañera ha decidido ausentarse en su primer día de trabajo, no hacen más que cubrir con una sábana el cuerpo».

«Ayudas a dar la comida y la señora X te informa de que ha decidido dejar de comer y que mejor se mete en la cama. La señora Y intenta morderte un brazo mientras le retiras el plato y la señora Z te agradece todo lo que estás haciendo y se echa a llorar porque hace más de 50 días que no ve a su hijo», son algunas de las situaciones que se producen a diario en estos espacios.

La vida en un geriátrico, ahora más que nunca, depende de la muerte. Los trabajadores y trabajadoras oscilan entre sensaciones y estados de ánimo opuestos cada jornada, pero parte de su labor conlleva un doble esfuerzo: mantener el ánimo para sostener el de los residentes. «Comes. La mujer que lleva el personal se echa a llorar porque no puede con tanto trabajo, tanto desorden y tantos problemas. Los demás la miramos sin ni siquiera poder acercarnos a darle un abrazo, tan solo nuestras palabras de apoyo», reconoce el texto. «Otra llora porque un familiar le ha mandado un vídeo de su sobrino de pocos años y se da cuenta de que hace mucho tiempo que no le ve. Luego tomas un café, recuerdas una anécdota de algo gracioso, te ríes, coges fuerzas».

Aguantar las emociones se convierte en una carrera cuesta arriba, más difícil cuando llegan las llamadas del exterior: «Intentas sacar tiempo para realizar unas pocas videollamadas para que los familiares vean a esa persona que quieren sin saber que quizás es la última vez que los ven con vida», señala este profesional. «A los pocos minutos aparecen las preguntas: ¿Cómo vais? ¿Cuánta gente tiene coronavirus en la residencia? ¿Se han muerto muchos? ¿Mi madre está a salvo? No sabes bien qué responder. Muchos nos mandan ánimos, otros nos juzgan desde la distancia».

Al final de la jornada, tras desprenderse del EPI, los sentimientos permanecen. «Vas por la calle y escuchas los aplausos, pero por dentro sabes que las personas que nos dedicamos a la geriatría somos la quinta mierda y que cuando pase esta crisis, lo seguiremos siendo. Te acuestas y rezas por que mañana sea un buen día, de esos que tanto estamos esperando», cierra diciendo este ‘Diario de la guerra invisible’.

8 de Junio 2020

Fuente: https://cadenaser.com/ser/2020/06/08/sociedad/1591603288_220801.html

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